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Donde las olas mueren.
Por Silvia Arroyo
 
 Silvia Arroyo pez Vela
 
Las luces del alba comienzan a dibujarse y en el mar picado, deposito esperanza. Es un día para los demás como cualquier otro; para mi… especial.
Camino en silencio con los pies descalzos sobre la arena y escucho las gaviotas que comienzan a chillar.
 
En algún lugar de este vasto mundo, existió una vez un hombre.
José no era un hombre común; era una persona solitaria, callada; le gustaba mucho viajar, pero… al final siempre regresaba con su amor: la mar.
Era el típico hombre de mundo, sin ley, sin patria ni bandera, en pocas palabras: LIBRE.
 
El sonido de las olas hace que me hunda en mis pensamientos, y las frescas briznas de agua salada, que el viento trae consigo, tocan mi rostro. Continúo caminando con la caña al hombro, avanzo entre las piedras con ligereza y sin dejar de mirar al horizonte.
 
Andaba donde quería, como quería y cuando quería, su suerte mas allá del chico problema que había llegado a ser, era su rebeldía. Nada lo detenía.
 
Llegó a su lugar favorito iluminado por una tenue luz natural, aquel lugar donde el mar dejaba de ser mar y donde las olas morían; acomodó sus cosas en lugar seguro, utilizó su mano como visera y admiró el inmenso mar, el infinito manto de agua con olanes de espuma, moviéndose al son de viento, el penetrante olor a sal, el sonido de las aves y las olas reventar.
 
Siento los primero rayos cálidos del sol sobre mi espalda mientras los cangrejos que huyen espantados pasan sobre mis pies. .
 
Los rayos de aquel ardiente sol tocaron su rostro, aquellos lazos dorados por los que había ido en busca. Una sonrisa se dibujó en su rostro, como diciendo: “Nos volvemos a encontrar”…comenzó a tirar.
 
Entrecierro los ojos al mirar hacia el cielo, y me doy cuenta que allá, en aquel cerro, los árboles se tornan de color oro.
 
A José le encantaba pescar, era su pasión… su obsesión…su vicio. Allí se le iban horas y horas y el tiempo nunca era suficiente: - Uno más… un tiro más… - solía pensar,   y el último tiro llegaba después de unas 2 o 3 horas.
 
 
 
La luz del faro hace ya rato que se dejo de apreciar y a espaldas mías en las faldas del monte se escucha el ruido incesante de chicharras y grillos.
 
Pese a que algunas veces el mar le daba permiso y otras no, mostraba su coraje con altos desplantes, su fuerza con furiosos movimientos y su orgullo con la sutileza de un ave al posarse en una rama. Pero… no era nada que atemorizara a José; mientras los demás marchaban de regreso, el espíritu de lucha inagotable de él lo motivaba a enfrentarse a ese natural poder, esa agresividad que imponía respeto. Siempre en la búsqueda constante de perfeccionar su habilidad, un poco de aquí otro poco de allá, encontrando a cada momento una nueva idea.
 
Era persistente… hasta cierto punto necio, pero siempre persistente; cuando se veía obligado, como buen perdedor se retiraba, satisfecho de haber continuado hasta el final - ¡He de regresar!- gritaba al infinito – Siempre regreso-.
 
En cierta ocasión casi al llegar el ocaso, sucedió algo peculiar; estando José tirando, sintió una presencia sobrehumana, algo o tal vez alguien salió del mar, un reflejo de sombra, una sutil oscuridad recortada por aquel marco verde; una percepción para la demás gente invisible y para él,  la única de ese momento. En su satisfactoria soledad, se puso a conversar: -Ya te sentí ¿Qué quieres? - dijo él.
 
Tomo la caña y reviso el sedal con el pulgar, quito el seguro y tomo vuelo para lanzar… Siento en el ambiente la presencia de todos aquellos que han perecido aquí, cuanta magia oculta en el agua.
 
En ese instante las aguas se serenaron, en un silencio casi sepulcral que duró unos cuantos segundos, volvieron las olas.- ¿Vienes a asustar gente?... Nada más no me vayas a tirar al agua, por que entonces si se nos arma, mejor ayúdame a sacar algo por que el día ha andado muerto.
 
Lanzo, inconscientemente sonrio mientras lo hago, inconscientemente mis brazos hacen su trabajo…
 
 Una cálida brisa rozó su rostro - el se sentó, encendió un cigarrillo y contempló a su alrededor; observó el horizonte y percibió un movimiento; miró con detenimiento y allí estaban,  un par de majestuosas aletas recortándose con el marco fijo del sol cayendo en el abrazo del mar, con una grandeza casi increíble, y que suerte, venían en su dirección.
 
Se levantó como de rayo, se colocó en posición, analizó la situación, calculó el tiempo, la velocidad y la dirección de esos desconocidos animales y lanzó…
-         Agárrate... ¡agárrate! – pensó él.
 
Me doy cuenta de que no es un vicio, no es una pasión.
Comenzó lentamente a jalar la cuerda, el animal iba a atravesar… por un instante parecía detenerse como si supiera lo que iba a pasar, no se dejó convencer y siguió avanzando, justo en el momento, animal y anzuelo se encontraron y…
-Ya te tengo, aquí estas - comenzó a reír y soltó el seguro, lo observó alejarse sintió la línea correr y se extasió con el sonido de su carrete… se sentó.
 
No, para mi es un estilo de vida. Vivo para hacerlo, porque hacerlo me hace vivir.
 
El animal jalaba con una fuerza increíble, poco a poco se fue robando línea, jalaba y saltaba intentando reventar la cuerda que lo tenía preso, con asombrosa inquietud iba de un lado a otro, agarraba fondo y cabeceaba, tenía una ansiosa desesperación por irse, pero no iba a escapar, José no lo dejaría ir así de fácil.
 
Gozar con deleite y enfrentarme a algo de mi misma altura,  es mi devoción.
 
Robaba metros de cuerda y José los recuperaba enrollando; el animal comenzó a meterse entre las rocas, como si pudiera razonar, intentaba reventar la línea con lo filoso de las piedras, intentó regresarlo, avanzó hacia mar abierto, dió vuelta al cerro y…- ¡Se reventó! - gritó José - ¡¡Demonios!!- que desesperación,  haberlo tenido tan cerca,  y se fue – jajajaja… quien sabe que habrás sido, pero; para la próxima daré mas…- Tomó sus cosas, se echó la caña al hombro y regresó.
- Pues por hoy ya estuvo-  dijo el bostezando  – Mañana será otro día –  y sonrió.
 
Las cosas podían ir mal, las cosas podían ir peor, lo importante era siempre seguir con más fuerza y José era bueno en eso.
 
Volvió a aquel lugar, con la firme intención de agarrar el pez más grande que pudiera.
 
Se colocó de nuevo como todos los demás días, pero; no era igual, algo le decía que iba a pasar algo importante, el simplemente lo presentía.
 
Era ya de noche, el se había quedado allí, decidió que iba a esperar, no sabia muy bien que, solo sabía que iba a esperar y como siempre… hasta el final.
 
Estar en un solo lugar desde el alba hasta el ocaso y sentir el agua remojar mis pies.. me motiva
 
Había una brillante luna llena resplandeciendo en el cielo, el espejo del agua reflejaba el fulgor de esa suave luz y él… seguía esperando. Fue entonces cuando lo volvió a sentir, aquella extraña presencia había salido del mar de nuevo, José lo sabía pero calló, guardó silencio en medio de aquel casi nostálgico sonido de olas. Como si hubiera sido una cita, algo predestinado para ser de esa forma. A eso había ido José a enfrentarse con su destino.
 
Esto es algo más que diversión.
 
Un jalón y otro mas, allí estaba, no sabía que era… de nuevo como la vez pasada, era un pez enorme, el más grande que en su vida hubiera sentido, casi lo hacía soltar la caña;  tiró y tiró de el.
 
- Ponte cómoda-  le dijo a aquella curiosa presencia - Que no me pienso ir hasta no tenerlo fuera -  siguió tirando, con tan solo unos cuantos metros en el reel, el animal era incansable, tiraba y forcejeaba y José detenía y aguantaba.
 
Animal contra hombre solamente.
 
Esto va más allá de comprender.
 
Finalmente después de tres largas horas de lucha logró  traerlo a la orilla, era un esplendoroso animal, aquellos colores bajo el agua brillando a la luz de la luna y los ojos de aquel,  pidiendo quizá un poco de compasión, de piedad tal vez.
 
No era un animal enorme, pero; si hermoso… un animal que él en su tanto tiempo de experiencia nunca había visto
 
- ¿Qué misterios nos aguardan allí adentro? – dijo sonriendo refiriéndose al mar. Y tenía razón. ¿Cuanto nos falta aun por descubrir?
 
El porqué es simple.
 
Le quitó el anzuelo y suavemente lo reanimó en el agua; esperó a que su amigo se recuperara y lo dejó marchar… lo observó alejarse lentamente como dando las gracias por dejarlo ir.
 
En su mas primitiva forma.
 
Aquel hombre había ido en busca de una ilusión, cumplió su sueño, ganó la batalla que por instantes parecía perder; y lo mejor de todo es que a pesar de las batallas anteriores perdidas… ¡había ganado su guerra! Tan solo el símbolo que representó toda una vida de luchas e incertidumbres.
 
Aquella lucha que marcó para siempre, su espíritu indomable, su deseo de vivir y el inico del final… el inicio de su propio final.
 
Vivió de una manera única, lo que quería lo lograba y allí quedó todo.
Hay quienes dicen que  el hogar está donde el corazón permanece,  si era así o no, ¿quién lo sabe?
 
José durmió haciendo lo que era su pasión… su obsesión… su vicio.
 
Esto… es vida.
 
La luna tan llena, tan vasta… fue la única testigo de lo que aquella noche sucedió. No hubo nada, no se encontró rastro de nada y José duerme en algún lugar del infinito mar, navegando en lejanos horizontes de aguas calmas, pisando las arenas de algún otro lugar.
 
Murió haciendo lo que mas le gustaba hacer… VIVIR.
 
 
Silvia Alejandrina Arroyo Salazar.

 

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